Las lecciones de un emblema de la arquitectura chilena

Destacado en la política y en el servicio público, Fernando Castillo Velasco fue, ante todo, un arquitecto que marcó pauta en la historia nacional: desde la proyección de las famosas Torres de Tajamar hasta las muy humanas ‘Comunidades Castillo Velasco’. Acá repasamos su huella.

Antes de ser alcalde de La Reina, intendente de Santiago y político de la DC, Fernando Castillo Velasco fue arquitecto. Uno que se formó en la Universidad Católica y que descubrió su vocación muy temprano ‘Desde los 7 años quería ser arquitecto y hacía casas en los árboles o complejas construcciones bajo tierra, estimulado por mi padre, que era abogado’, recordó en una entrevista de 1999.

También fue influido por la figura de un profesor de dibujo del Liceo Alemán, arquitecto también, quien, sin embargo, intentó disuadirlo: encontraba que Fernando tenía pocas aptitudes. ‘Nunca tuve la destreza en mis manos para transcribir las borrosas visiones de mi imaginación. Tal vez de allí vino mi necesidad de hacer arquitectura en compañía de otros’, diría él mismo en una clase magistral de 1983, año en que recibió el Premio Nacional de Arquitectura.

—No era una persona tan fácil de convencer —cuenta su hijo, Cristián Castillo. Pero con esa determinación terminó siendo uno de los pioneros de la arquitectura moderna en Chile.

Grandes gestos modernos

Carlos García Huidobro y Héctor Valdés fueron algunos de los ocho compañeros de colegio de Fernando Castillo Velasco que se matricularon en Arquitectura en la UC. Con ellos crearía la oficina BVCH, que terminó de conformarse en 1953 junto a la llegada de Carlos Bresciani. Este grupo de arquitectos jóvenes e innovadores —todos ganadores del Premio Nacional— fueron los más activos a la hora de implementar la arquitectura moderna en Chile.

—Desde el punto de vista del lenguaje arquitectónico, ese periodo se conoce como el brutalismo en la arquitectura, que es el uso de estructuras muy expresivas: hormigón a la vista, edificios con alguna audacia estructural. Desde el punto de vista urbano, significa también incorporar elementos diferenciadores de lo que era la ciudad tradicional; aparecen problemas viales, aparece el automóvil, aparece la autopista, y ellos (BVCH) se hacen cargo también en la arquitectura —explica Humberto Eliash, presidente del Colegio de Arquitectos y discípulo y colaborador de Fernando Castillo Velasco.

Los socios de BVCH son autores de grandes obras: fueron elegidos para dirigir un plan de desarrollo urbano en Arica (1955-1962), donde proyectaron y construyeron las poblaciones Chinchorro y Estadio, el Casino y el estadio Carlos Dittborn. También, diseñaron y construyeron el equipamiento de la Universidad Técnica del Estado, actual Usach (1957-1962). En otras regiones desarrollaron las hosterías de Chañaral (1960-1961) y San Felipe (1960), así como el casino de la CAP en Huachipato (1962). Entre sus conjuntos residenciales, también se cuentan las villas Brasilia (1961-1962), en Vitacura, y la Santa Adela (1965), en Maipú.

Las Torres de Tajamar (1960-1966) fueron el edificio más alto de la ciudad por más de una década y una de sus obras distintivas. ‘Cuando hice las Torres de Tajamar pensé en un edificio escultórico que no entorpeciera la vista. Y por eso hicimos un gran hoyo en el sexto piso del edificio, para que la gente que paseara pudiera ver la montaña’, recordó en una entrevista de 2012.

—Creo que las Torres de Tajamar son las que han tenido una mejor vejez. Y es un conjunto que, pese a su tamaño, está muy bien inserto en la ciudad y tiene una escala más amigable, todo eso gracias a operaciones arquitectónicas muy precisas —explica Francisco Díaz, académico de Arquitectura UC.

Fernando Castillo Velasco estuvo en la oficina hasta 1967, año en que fue nombrado rector de la Universidad Católica.

—La experiencia en esa oficina lo dejó muy armado, con un bagaje arquitectónico y técnico muy relevante, porque esas obras eran muy complejas. Cuando él entra en el tema de la participación, puede hacer un aporte muy importante a la discusión, porque tenía un antecedente del manejo de la complejidad muy alto —comenta Luis Eduardo Bresciani, director de la Escuela de Arquitectura UC e hijo de Carlos Bresciani.

El Proyecto Portales

Entre otros proyectos destacados, BVCH también se adjudicó el diseño de la emblemática Unidad Vecinal Portales, conocida como Villa Portales (1955-1966). El conjunto está compuesto por 1.860 viviendas emplazadas en un terreno de 31 hectáreas. En su proyección, que se inspira en la vegetación del lugar, aparecen nociones que después serían distintivas de sus obras, como la preocupación por el entorno y el desarrollo de espacios que reúnan a las personas.

Para Manuel Amaya, director de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Chile, la Villa Portales es la obra de mayor connotación del arquitecto.

—Sintetiza los fundamentos del movimiento moderno, siendo una de sus obras más novedosas y ambiciosas, que hoy sigue siendo valorada por su trascendencia arquitectónica y urbanística, donde claramente se destacan su materialidad, su estética, su criterio estructural, sus plazas interiores, sus puentes y sus amplios pasillos como parte de un diseño que trasciende en el tiempo —explica.

—En la época de la Unidad Vecinal Portales, sin tener él todavía los niveles de conciencia política y ciudadana que tuvo después, fue capaz de imaginar ese proyecto que fue absolutamente participativo. No en su diseño, porque ahí diseñaban para la Caja de Empleados Particulares, que era la que construía para la clase media chilena de la época. Pero ese proyecto de Villa Portales es absolutamente comunitario. Los grandes pasillos buscaban que la gente se encontrara. Y eso dejó el papá como legado. No hay que negar la responsabilidad que tienen los arquitectos en el diseño de sus obras, porque eso hace que los proyectos sean integradores o desintegradores —sentencia Cristián Castillo.

‘Mis primeras obras fueron mucho más deshumanizadas, prescindiendo del usuario, del hombre a quien se las estaba dando, si era el caso de una casa, de un refugio. Pensaba en las formas, en las proporciones, en las relaciones plásticas de la obra, y prescindía de que esa familia quedaba viviendo en la calle detrás de un cristal, porque evidentemente fue un momento en que se pensaban las nuevas concepciones arquitectónicas muy estilísticamente. Al final, en las últimas obras que hice, traté de hacer absolutamente lo contrario, de buscar un refugio para el hombre, y eso hacía definir la arquitectura, los materiales y las formas arquitectónicas desde un punto de vista fundamentalmente distinto. Creo que correspondía a que las casas —hablando de las casas como la esencia de la arquitectura— interpretaban realmente la vida de un pueblo’, dijo Fernando Castillo Velasco en una entrevista de 1967.

La comunidad fue una preocupación central en el quehacer de Fernando Castillo Velasco.

—Generó espacios humanos y no solo arquitectónicos para que pudiéramos encontrarnos, debatir y hacer algo. No es él quien hace la comunidad, sino que propiciaba situaciones para poder construir y producir una acción comunitaria, con una conciencia del lugar, muy consciente de donde está inmerso —explica Elisa Silva, editora del libro ‘Fernando Castillo Velasco. Proyectar en comunidad’, de Ediciones UC, que recopila, a lo largo de 40 años, sus discursos, entrevistas, columnas, manifiestos y prólogos. Aunque el volumen categoriza su trayectoria bajo las secciones ‘arquitectura’, ‘educación’ y ‘política’, es imposible ignorar los infinitos cruces de ideas y reflexiones, que también permean su ejercicio profesional. La parte dedicada a la disciplina son 15 artículos que permiten conocer los principios que lo guiaron durante su ejercicio profesional y también cómo los años transformaron su mirada.

En el libro, el arquitecto se refiere extensamente a la pequeña e íntima forma de habitar que se inspira en sus propias vivencias de infancia y que revolucionó el concepto de vivir en comunidad. Fernando Castillo Velasco creció entre nogales en ‘Los Guindos’, una quinta de 30 mil m{+2} vecina a Plaza Egaña. En ese terreno proyectó y construyó sus primeras casas, motivado por su padre. En él también tuvo lugar el primer trabajo que compartiría con su hijo Cristián. Tomando como base el proyecto de título de él y de su sobrino Eduardo Castillo, decidieron construir un conjunto habitacional con áreas verdes comunes donde él pudiera compartir con sus cercanos de la Universidad Católica. Así nació la ‘Quinta Michita’ en 1972, la primera de las ‘Comunidades Castillo Velasco’.

Para la configuración de una de ellas, un grupo solidario se reúne para la compra del terreno, y eligen un arquitecto que los organiza. No se trata de una operación inmobiliaria ni de un condominio común. ‘Se minimiza el espacio privado y se maximiza el espacio público. El espacio comunitario es libre de autos y hay todo un concepto de solidaridad del grupo porque se conocen desde el principio y pueden pagar valores más realistas sin pasar por intermediarios que encarecen en el proceso de vivienda’, explica Humberto Eliash.

—Las comunidades no solo suponen un novedoso modelo de gestión de suelo y de construcción participativa, sino también una forma de vida en específico, algo que es muy difícil de lograr en arquitectura. Por último, veo a las comunidades como una forma de llevar a la práctica arquitectónica un ideal de sociedad que tenía Castillo-Velasco, y que fue incluso visible en su trabajo como rector en la UC: la organización de la sociedad en pequeños núcleos, a una escala que no es ni la de la familia ni la de la ciudad —apunta Francisco Díaz.

Andanzas de padre e hijo

Cristián Castillo se fue exiliado antes de que ‘Quinta Michita’ estuviera terminada. Fernando Castillo Velasco salió del país por las mismas razones en 1974. Regresó a Chile en 1978, tras un paso en Londres y en Caracas y para fines de los 80 había desarrollado una treintena de comunidades. Después, priorizó sus labores públicas, pero cuando Cristián volvió a Chile (2003) le propuso a su padre retomar este modelo constructivo.

—Él estaba terminando su periodo de alcalde y ya había decidido no volver a presentarse como candidato. Sentí que quería jubilarse y le dije: ‘Papo, hagamos comunidades de nuevo’. ‘Chile ha cambiado mucho’, me dijo, ‘yo creo que las personas no quieren vivir en comunidad’. Entonces hicimos la prueba y buscamos un terreno pequeñito para cinco casas, que las vendimos al mes. A diferencia de lo que él pensaba, había una generación de chilenos entre los 30 y los 40 años, parejas jóvenes que estaban teniendo hijos y querían criarlos con los hijos de otra familia.

Hicieron comunidades hasta que murió y Cristián ha continuado con ellas en su oficina Alpinku.

Una de sus últimas grandes aventuras juntos fue el proyecto Maestranza del Movimiento Ukamau en Estación Central, en el que Fernando Castillo Velasco alcanzó a participar como arquitecto en su primera etapa. Es señero por ser el primero de vivienda social que, tras el retorno de la democracia, surge a partir de la iniciativa de unos trabajadores organizados. Como tal, sintetiza todos los elementos que diferenciaron al multifacético arquitecto.

—Tiene todo el espíritu de él, todo lo que el papá trató de hacer su vida entera. Primero la participación que surge de la organización. Uno de los máximos legado que él dejó es que uno no puede adjudicarse el derecho de representar los sueños de otros. Que es un poco lo que hace el Estado hoy. Ellos lucharon por el terreno, nos buscaron como arquitectos. El diseño lo hicimos en conjunto, trabajando en las asambleas donde ellos opinaban y hacían cambios. Cada una de estas 424 familias se siente parte integrante de este proceso. Es la primera vez que hay un proyecto social que mantiene el espíritu de las comunidades: los espacios interiores son plazas, tiene una plaza cívica, está protegido del exterior, no hay calles —comenta Cristián Castillo—. El otro día me paré en el quinto piso —porque ya estamos poniendo techo— y dije: ‘Pucha, el papá se sentiría orgulloso de este proyecto’.

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