Arrendarle su departamento a un amigo: ¿buena o mala idea?

Mi amigo me falló. El periodista Héctor Reyes (53) le arrendó una casa que tenía en Ñuñoa a un viejo amigo suyo, mientras se concretaba la venta de la propiedad. No le pidió hacer un contrato ni nada, era por mientras. ‘No estaba seguro de arrendarla, pero mi amigo me convenció y acordamos un precio conveniente para él. Los trámites de venta se demoraron y hasta ahí estaba todo bien. La situación se complicó cuando avisé que había vendido la casa. Empezó a decirme que no se podía ir todavía y me daba muchas excusas, mientras tanto se acercaba cada vez más la fecha en que yo debía entregar la propiedad’, cuenta Reyes. ‘Para lograr que se fuera le tuve que condonar cuatro meses de arriendo. Fue traidor, porque sabía que me iban a multar si no entregaba la casa en la fecha determinada. Incluso cuando desocupó la casa, se llevó unos muebles míos que tuve que ir a rescatar’, recuerda Reyes.

Mejor por escrito. Las mayores dificultades que podría enfrentar una persona que arrienda su propiedad a un familiar o amigo es pasar por alto requisitos que son básicos y que se solicitan siempre antes para este tipo de transacción. ‘También puede ser complicado exigir el cumplimiento del contrato en caso de presentarse un problema, porque puede llegar a deteriorar la relación.

Por lo tanto, algunos consejos que podemos dar corredores es evitar confiarse en la relación de cercanía que exista entre las partes y que quede bien establecido que debe primar la relación contractual’, asegura Tomás Mena, presidente del Círculo de Corredores de Propiedades. La psicóloga y académica de la Universidad Diego Portales, Claudia Lucero, explica que pedir que se firme un contrato no significa desconfiar de la otra persona, sino que es una medida de resguardo para ambas partes. ‘No es una falta de confianza firmar un contrato para regular la situación, es protección para ambas partes. El contrato puede ser con todos los beneficios que acuerden, pero mientras más claro, explícito y escrito esté eso, mejor’, argumenta Lucero. Las cuentas claras… ‘El dicho dice: Las cuentas claras conservan la amistad. Hay que tener las cosas muy claras. El hecho de que se establezca una relación de arrendatario-arrendador está fuera de la amistad, es otra función que ambas partes cumplen cuando se realiza un negocio de este tipo. Es necesario proteger la amistad haciendo de esta otra función algo muy claro.

Hacer un contrato, hacerlo legal, protege a ambas partes y la amistad’, agrega la psicóloga. ‘Hay que ponerse en todos los casos. Quizás si hay un atraso en los pagos, el arrendatario podría pedir más plazos y el arrendador, a causa de la amistad, podría ceder y esperar unos días más, pero si no se cumple lo acordado, el arrendatario legalmente debe hacer lo que le toca’, explica Lucero. Sergio Arcos, gerente general de la asesora inmobiliaria Reistock.com, comenta que más allá de la cercanía, hay que hacer el proceso como se realizaría con cualquier persona. ‘El proceso de arriendo se debe gestionar como si fuera un arrendatario desconocido, solicitando el mes de garantía, pago de cánones de arriendo en fecha y siempre por contrato’, enfatiza. ‘En el negocio siempre hay dinero de por medio, en la amistad no.

Un arriendo es un negocio, entre el que necesita y el que tiene, y eso hay que tenerlo súper claro’, complementa la psicóloga y académica de la Universidad Diego Portales, Eliana Heresi. Contrato amigable. ‘Todas las regalías que se quieran y las ventajas que pueda tener un contrato de arriendo para un familiar o un amigo se pueden poner por escrito porque así todos entienden lo mismo’, explica Heresi. ‘No creo que haya razones determinantes que impidan que sea posible arrendar a un amigo o familiar. Que el arrendatario sea una persona cercana puede ser algo bueno, puede que esa persona sea más cuidadosa con la propiedad que un extraño. Pero también podría ser una situación que ponga en riesgo la amistad o cuando alguno no cumple con lo establecido’, enfatiza.

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