“La inteligencia llega a las viviendas” en Pulso

La palabra ‘domotics’ se incorporó al inglés a fines de los 80, se puso de moda (peak de uso) alrededor del año 2002, y desde entonces ha perdido algo de popularidad, ya que la gente simplemente ha adoptado el término ‘casa inteligente’ (smarthouse).

 

En teoría, en una casa inteligente todos los artefactos están interconectados y pueden ser manejados en forma remota a través de protocolos centralizados vía internet por medio de smartphones, laptops o algo similar. En su versión más primitiva, la casa inteligente sólo se refiere a un manejo coordinado del sistema de calefacción, luces, sonido y alarmas. En su versión más sofisticada, la casa inteligente monitorea las costumbres de sus habitantes, y combina estos datos (big data) con algoritmos de machine learning para aprender a satisfacer sus necesidades y hábitos en forma más eficiente.

 

La nueva generación de refrigeradores inteligentes, por ejemplo, no sólo alerta sobre la fecha de vencimiento de los productos que almacena, sino que sugiere recetas basadas en estos y las preferencias culinarias de los usuarios. En todo caso, la principal diferencia entre la casa convencional (digamos, la tonta) y la inteligente, es el tipo de problemas que pueden tener sus moradores.

 

Otra diferencia es que en la casa tradicional los desperfectos se traducen en fallas aisladas. En la casa con domótica, debido al alto nivel de interconexión, un hacker puede gatillar una falla sistémica (una especie de crisis subprime doméstica). Y si el sistema de la casa inteligente requiere reemplazar una componente crítica -pensemos en una consola de control que haya que importar y demore algunos días en llegar-, mejor no pensar. El coeficiente de inteligencia (CI) de la casa puede bajar a un nivel inferior a la temperatura ambiental por una semana.

 

Pero terminemos con una nota positiva: la contribución de Chile a las casas inteligentes. En los años 50 se introdujo en EEUU el ‘walk-in closet’, es decir, un clóset que por lo espacioso parece una habitación pequeña (de ahí el ‘walk-in’, uno puede ‘entrar’ al clóset, en vez de poder sólo meter el brazo para sacar algo).

 

Fuente: Pulso

 

 

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